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domingo, 15 de enero de 2012

Analisis de Sibil un caso paradigmático


Este trabajo que me daré a la tarea de desarrollar, abordaré aspectos específicos del tratamiento analítico que lleva a cabo la Dra. Wilbur. Me enfocaré a la dinámica de la transferencia, contratransferencia, y el manejo que hace de cada uno de estos aspectos en el proceso; sin dejar de lado antes, la descripción de Sibyl, que con claridad la autora deja ver desde el inicio, que su padecimiento es un trastorno de identidad disociativo, antes llamado trastorno de personalidad múltiple.

Sibyl, una chica “solitaria”, taciturna, confundida por perder la noción del tiempo y espacio, víctima de sí misma, atrapada en sus múltiples personalidades, encierra partes de ella misma en cofres cerrados para su consciencia, es presa de un desconocimiento profundo de su propio ser, atrapada en lo sabido no pensado.

Decidió olvidar el sufrimiento; bloqueando los recuerdos de aquella infancia con una madre enferma y sádica.

La historia con su madre es cruel, lastimera, que la desgarra de tal forma, que convierte su yo en fracciones de sí misma, en pequeñas versiones de su propio ser genuino (C. Bollas, 1989). Lo único que identifica son lagunas mentales.

En esas condiciones es como llega al consultorio de la Dra. Wilbur, una psiquiatra que comienza a desmenuzar y descubrir poco a poco el mundo simbólico de Sibyl. Los personajes, las habilidades, funciones de cada uno de ellos y lo simbólico de sus acciones.

“Quiero darle algo a alguien” es la demanda de Sibyl, ante la Dra. Wilbur, al expresar su deseo de enseñanza. ¿Será que en realidad quiere darse a sí misma los trocitos de su ser que le hacen falta? Eso es algo que se va desarrollando a lo largo del proceso.

En el momento de la evaluación neurológica, a Wilbur no le queda completamente claro su padecimiento. En la escena del hotel cuando Sibyl rompe el vidrio, la doctora se muestra desconcertada. Aun no descubre que Sibyl lo hacía como si fuera la única manera de contacto con una “base segura” (J. Bolwy, 1998).

Entre tantos misterios y recovecos, lo único que podía entender la doctora, es que Sibyl era una chica que sufría, con un gran dolor de no saber quién es, el dolor que le causaba no saberse hábil y capaz de tocar el piano, de pintar, de la imposibilidad de mantener contacto con otras personas, por el dolor que le provocaba ser tocada, un dolor que representa el miedo fóbico de ser tocada afectivamente.

Caso difícil el que se le ha presentado a la Dra. Wilbur; porque Sibyl es del tipo de paciente que no se presenta todos los días en un consultorio, pero tampoco es que esté tan alejado de lo que se conoce en las neurosis, ya que, cada paciente llega al consultorio con su propia realidad, y nos va mostrando partes de él mismo, poco a poco, hasta que por fin la neurosis de transferencia se establece. Sin embargo no podemos negar que, Sibyl era un caso que confrontó a la analista a entrar en el campo de lo desconocido y decidió acompañar a Sibyl en el camino de la integración. La Dra. Wilbur tenía la opción de no tomar el caso pero decidió seguir.

Pero pensando ahora en qué fue lo que la estimuló a seguir, considero que en ese aspecto el papel de la contratransferencia es determinante; esto lo analizaré más adelante.

Para adentrarme ahora en lo que es la transferencia de Sibyl, podemos ver que al inicio, aunque Sibyl no asistió al hospital por su padecimiento psicológico, y sólo asistió para que le atendieran la mano cortada. Al encontrarse con la Dra. Wilbur, encuentra en ella la posibilidad de entender qué es lo que pasa en su mundo interno cuando se desconecta de la realidad, qué pasa con esas lagunas que para ella son como quedarse dormida y cuando despierta lo que predomina, es una imagen de sí misma pobre e insegura. Su falta de estructura hace que la transferencia que establece desde el principio del tratamiento, es una transferencia invasiva, deposita su seguridad en la analista, desde el momento en que Vicky llama a la Dra. Wilbur para que salve a Sibyl de aventarse de la habitación de hotel. En ese momento simbólicamente es la prueba que hace Sibyl a la analista para comprobar si es capaz de rescatarla. Al percibir la respuesta de la analista durante todo el proceso Sibyl descubre poco a poco que tiene un espacio en donde puede expresar cada una de sus personalidades sin temor a ser rechazada.

Sin embargo, también existen momentos de resistencia, en donde uno de los más importantes, es cuando Sibyl le dice a la Dra. Wilbur que todo lo que ha expresado en el tratamiento es una farsa, resistencia que se presenta por el viaje de su analista; se hace presente entonces el sentimiento de ser abandonada por el único objeto (madre- analista) que hasta el momento, le había proporcionado la oportunidad de reconocer un espacio potencial que le permitiera la integración y llegar al espacio transicional, que le permitieran integrar a los objetos parciales. Ese es uno de los momentos cruciales del tratamiento, porque es ahí en donde la analista se mantiene firme, a pesar de la agresión, ella sigue presente y amorosa. Esa postura es la que derrumba las resistencias de Sibyl a avanzar y darse la oportunidad de la integración de todas sus partes, reconciliándose con ella misma y con las potencialidades que no reconocía.

Retomando ahora el papel de la analista a nivel de la contratransferencia, desde el momento de la evaluación, puedo decir que se percibe en la analista, cierta curiosidad en el caso, su deseo de saber qué hay detrás de esa imagen de una chica introvertida y seria. Parece que para la Dra. Wilbur, Sibyl significaba un caso a explorar. Sin saber que después le generaría fuertes deseos de protegerla, de cuidarla y de estar en todo momento que la necesitara.

Wilbur busca el consejo de una amiga, quien le dice que no puede fascinarse con el caso, y que tiene que comprender que ella no es la madre de Sibyl, ni de ninguno de sus personajes. Ella escucha con atención a su amiga, sin embargo decide explorar el caso bajo sus propios criterios.

Es en este caso, cuando comprendo la frase del Dr. Fromm cuando decía: “hay que aprender bien la técnica para luego olvidarla”, ya que la Dra. Wilbur a pesar de tener en claro el objetivo del tratamiento nunca sigue una técnica ortodoxa. Cosa que no critico del todo, porque a pesar de que su método no es convencional, obtiene resultados benéficos para la paciente.

Pero sin perder mirada de la contratransferencia; al final la Dra. Wilbur termina involucrándose afectivamente con Sibyl… pero, es que ¿esto se puede cuestionar? en realidad ¿no nos involucramos afectivamente con todos nuestros pacientes? Este es un tema de suma importancia, porque entramos en el terreno de la ética, de lo permitido y lo no permitido en el análisis. En este sentido, creo que, lo que pudiera parecer inadecuado, como por ejemplo, el modificar el encuadre, ver a la paciente durante horas, tener una actitud permisiva, de acercamiento físico, de darle de comer, etc. Son todas actitudes de una madre presente, afectiva, constante, nutricia, que brinda afecto, cuidados y que demuestra que a pesar de que se dejen de ver por algunos días, llegará a la sesión y la paciente sabrá que ahí está presente esa figura, de la que recibe gratificación. Como ese pecho ideal e inalcanzable. Es precisamente con todo esto, con lo que la analista logra que la paciente establezca un vínculo con una persona que no lastima, que sabe escuchar, que trata de comprender y que está presente.

Ante este resultado, como es que podemos criticar un trabajo que si bien es poco ortodoxo, tuvo en su momento con esa paciente muy buenos resultados. Señalo aquí, con esa paciente, porque tampoco podemos generalizar y pensar que esto funcione de la misma forma con todos los pacientes que tienen este tipo de trastorno.

En ocasiones nosotros los analistas, desde el mismo Freud, tratamos de encajar o encuadrar a los pacientes en las diferentes teorías. Pero me pregunto qué tanto funciona esto. Me parece que todas las teorías psicoanalíticas, son parte importante sí, son bases de nuestro trabajo, pero el conocimiento o manejo que se tenga de cada una de las teorías y la técnica, no es lo que en realidad nos hace psicoanalistas. Considero que eso se pone a prueba todos los días, con todos los pacientes y por supuesto no podemos generalizar las teorías y pensar que ahí está la respuesta al malestar de los pacientes. Nos da indicadores, nos podrá la teoría guiar en el camino, pero el instrumento más importante en nuestra práctica, somos nosotros mismos. Somos un instrumento que tenemos que pulir, que tenemos que cuidar y al que tenemos que confrontar con nuestros propios demonios internos. Es decir conocernos y nunca dejar a un lado lo que cada paciente nos hace sentir y cuestionarnos ese sentimiento en todo momento, para encausarlo a favor del análisis del paciente.

Es así como desde esta perspectiva, se deja ver, que la Dra. Wilbur siempre está pendiente de lo que pasa con ella, escucha atentamente y volviendo al punto anterior, se involucra, es cierto. Pero no deja de estar presente, de ver en pro del bienestar de Sibyl. Es ahí donde yo veo la diferencia, entre la disposición de estar y acompañar al paciente, y el involucramiento afectivo que en lugar de ayudar al paciente, se le encause por caminos y senderos del mundo objetal interno del propio analista, cometiendo iatrogenias que al final terminen afectando a la persona más de lo que era su motivo de consulta.

Es por eso que; considero que la Dra. Wilbur, hace un manejo de su contratransferencia digno de reconocer. Con su actitud ante el tratamiento, en particular me deja un mensaje muy importante; lo que nos hace diferentes en el trabajo analítico, de cualquier charla con un buen amigo; es que el analista conoce o se encuentra en el proceso de conocer su mundo interno, que no le es nada de lo humano desconocido, que el analista reconoce haber estado cerca de la propia locura, de la neurosis propia, muy cerca de actos perversos, pero también muy cerca de lo que Fromm llama biofilia, el amor a la vida y el interés genuino por los otros. Es decir el ser analista es más que una profesión, se convierte en un estilo de vida.

Poco se sabe de la vida personal de la analista en esta historia, lo que sí se deja ver es que es una mujer con amplios intereses, mismos que le permiten ser empática con su paciente. El conocimiento que tiene de música, pintura, la sensibilidad para poder ver a la paciente como una persona.

Es por eso que no me atrevo a criticar a la analista, porque ella hace que la teoría tenga sentido por la práctica y no por la teoría misma. Hace innovaciones al tratamiento con esa paciente, no sabemos de su trabajo con otros pacientes, pero seguramente su forma de trabajar es individual en cada caso.

Esa manera sensible y creativa es la que, nos cuestiona a cerca de la técnica. Forzosamente ¿nos tenemos que apegar a una teoría, que nos lleve paso a paso a resolver un caso? No lo creo así. Creo que nos debemos valer de todas las aportaciones analíticas de teóricos del psicoanálisis, que nos ayuden a ver y escuchar con claridad, pero la solución de un caso, cualquiera que se nos presente en el ámbito analítico, depende de la relación y el vínculo que se establezca con cada una de esas personas. El avance terapéutico pues, no es el resultado de una buena teoría; sino de, el establecimiento de la alianza terapéutica y el tipo vínculo que se establezca. De estar siempre presentes y conscientes de los fenómenos transferenciales y por supuesto desde mi punto de vista, los más importantes: los contratransferenciales.

Hasta aquí termino con este trabajo que más que una crítica al trabajo de la Dra. Wilbur, es una reflexión a cerca de nuestro papel como analistas, de cuestionar, que tan abiertos estamos ante nuevas posturas, y qué tan dispuestos estamos a innovar en el psicoanálisis. Sin clavarnos en la idea de que ya todo está escrito; no niego con esto que las bases están escritas, pero los fenómenos actuales y las nuevas formas de enfermedad que están surgiendo por los cambios sociales, necesitan de analistas preparados, creativos y sobre todo con un interés genuino por el otro y por la investigación.

Una mirada a la teoría de M. Klein


Es habitual en el ámbito clínico, recibir a individuos cuyo motivo de consulta se encuentra relacionado con problemas para establecer o mantener una relación amorosa. Esto me lleva a plantear algunas interrogantes: ¿qué pasa en la psique de estas personas, en relación a sus objetos internos? ¿Cómo se relacionaron con ellos? ¿Qué pasó con su primera relación de amor? Pero principalmente ¿qué se puede hacer para que logren cambiar a sus objetos internos y poder relacionarse con mayor efectividad con los objetos externos?

Cada vez que exploro este campo, en donde pareciera que los recuerdos se han difuminado en las personas, lo que queda es sólo la historia de sus relaciones, pero lo más importante, los sentimientos que nos proyectan a través de la transferencia y que nos hablan de lo que ellos conscientemente no recuerdan. Así en la historia y relación con los pacientes me he encontrado con sentimientos de dependencia, demanda, necesidad de poseer al otro, de dominarlo, angustia de separación, celos, miedo, etc. Es por eso que en este trabajo me daré a la tarea de responder a algunos cuestionamientos, a través de un caso clínico paradigmático. Bajo la teoría de Melanie Klein; quien después de Sigmund Freud y Ronald Fairbairn, entre otros, se convirtió en una de las precursoras de la teoría de las relaciones objetales.

Ante la pregunta de ¿qué pasa en relación a los objetos internos de las personas que establecen relaciones de pareja insatisfechas? Es muy difícil que un paciente hable en primera instancia con profundidad a cerca de cómo recuerda la relación con sus figuras paternas. Los únicos datos que dan son cómo se están relacionando actualmente y datos de la adolescencia o recuerdos de la infancia, en muchas ocasiones ni siquiera recuerdan esa etapa, a veces nos hablan sólo de lo que les han contado. Sin embargo, conforme se avanza con el paciente se puede llegar a tocar la relación con esos objetos internos de una manera profunda. Para ejemplificar estas palabras, a continuación, voy a relatar lo que un paciente me decía: “sabes, hay algo que creo que es importante y que había pensado estos días; primero recordarás que a mis padres les costó mucho trabajo tenerme, porque mi madre no quedaba embarazada, hasta después de cinco años que se casaron, mi madre logró embarazarse, así que siempre me ha dicho que fui un niño muy deseado. Pero hay un dato que había olvidado y que también me lo relató ella, y es que en el momento en que iba a nacer, cuando mi madre llegó al hospital, ya se le había roto la fuente, pero estando en la sala de espera, la enfermera le dijo a mi mamá que no podía dar a luz ahí y que esperara a llegar a la sala ginecológica, en ese momento en el que yo estaba a punto de nacer ya casi coronando, mi mamá dice que me regresé y que después ya no tenía contracciones y al final le tuvieron que hacer cesárea… esto lo asocio con un sueño que no te había contado pero que era muy repetitivo cuando era niño, soñaba que caía en un vacío muy grande en donde todo era oscuro y sentía que algo me jalaba, no sé por qué, pero siento que esos dos eventos están ligados” sic.

Cuando el paciente me hace este relato me hace pensar en primer lugar si el deseo de tenerlo era tan genuino de parte de la madre, ya que sabemos que en el fondo las mujeres que no pueden embarazarse a pesar de que físicamente están en condiciones favorables para hacerlo, existe el rechazo a quedar embarazadas, y en especial con este caso me hace mucho sentido, debido a que después en el momento del parto, cuando el bebé está a punto de nacer, lo que hace es regresar al bebé como si no quisiera que naciera. Obviamente estas son hipótesis que hago, sustentada en la historia del paciente con esta madre. Al inicio el paciente decía que cuando era adolescente pensaba que su madre era su mejor amiga… pero conforme se fue avanzando en el tratamiento, se encontraron cosas que daban indicios que la relación con la madre no era tan afectuosa como él creía. Al punto de reconocer que cada que tenía que pasar unos días en casa de ella, le aparecía un tipo de dermatitis.

Además un aspecto muy importante, es que en su desarrollo psicológico, él decide por el sendero esquizoide, su fijación es en la etapa oral de desarrollo y no logra llegar a la etapa depresiva. Utiliza entonces la escisión para crearse un mundo alternativo, con objetos de la realidad externa, construye un mundo en donde él sí es aceptado y querido, pero ese mundo no es humano. Su mundo se crea de personajes en donde él es el más poderoso. En el mundo de objetos reales, su comportamiento es bastante funcional a nivel de su desarrollo intelectual, pero emocionalmente no reconocía la capacidad de tener un sentimiento de amor por el otro, de hecho era algo que él tenía prohibido en su mundo alternativo. Elige también en su desarrollo sexual ser homosexual, aquí vemos también que el tema del narcisismo es muy importante, no es capaz de amar más que a las personas iguales a él.

Como podemos ver que este es un caso que muestra cómo la teoría de Klein recobra sentido y ayuda a ver con más claridad el mundo interno del paciente.

Con toda la información que se tiene, entonces podemos ver que definitivamente la madre de este paciente fue no fue generadora de afecto, al parecer, en la relación con la madre predominó la relación con el pecho frustrante, frío y perseguidor.

Tornando así la mirada hacia la primera relación con el objeto (parcial) pecho materno, de la que M. Klein en su artículo de “algunas conclusiones teóricas de la vida emocional del bebé” (1952) nos explica la manera en la que el bebé se relaciona con el pecho: la relación con el pecho bueno (gratificador) y con el pecho malo (frustrante y perseguidor). Nos explica Klein: “la relación es primeramente con un objeto parcial, porque las pulsiones oral libidinales y oral destructivas están dirigidas desde el principio de la vida hacia el pecho de la madre en particular… puede concebirse que en periodos de hambre y tensión, existe un equilibrio óptimo entre las pulsiones libidinales y agresivas. Este equilibrio se altera cada vez que debido a privaciones de origen interno o externo, las pulsiones agresivas son reforzadas. Esta alteración del equilibrio, es causada por una emoción: la voracidad. La cual es primeramente y sobre todo de naturaleza oral. Cualquier aumento de la voracidad fortalece las pulsiones agresivas”.

Ante estas afirmaciones de la autora podemos pensar en que la forma de relación que ha encontrado este paciente es a través de la voracidad, antes a que se iniciara el tratamiento analítico, él sólo había tenido una relación significativa. En esa relación el paciente se dio cuenta que estaba sintiendo amor por el otro, lo cual lo aterró, al grado tal que presento una crisis de ansiedad, que además lo estaba llevando al sendero depresivo, de reconocer de que en el fondo él no era lo que había pensado en su mundo alternativo, sino que en realidad era un ser humano.

Ante esta conclusión el paciente se comenzó a mostrar “demasiado demandante” (sic) con su pareja, lo celaba, constantemente le reclamaba porque sentía que no pasaban el tiempo suficiente juntos, etc. hasta que llegó el momento en que su pareja lo terminó porque la presión que ejercía sobre él era incontrolable. En ese momento el paciente cae en depresión, podríamos decir que era la primera relación de objeto real que estaba viviendo, con una persona que le estaba brindando atención, cuidados y cariño. Al final lo que hace el paciente es agredirlo con su voracidad, sin embargo ese objeto no logra permanecer a pesar de la voracidad y decide abandonarlo. Aquí el paciente vive nuevamente la sensación de abandono, lo que le genera un sentimiento de culpa por haber sido el causante de que la relación hubiera terminado. Esto me lleva a lo que M. Klein plantea sobre la culpa y los deseos de reparación.

En el paciente solo predomina la culpa y la depresión y la autodestrucción, ya que comienza a tener relaciones fortuitas, carentes de afecto y en una de ellas se infecta de VIH. Al final regresa al sendero de lo esquizoide, del deseo de querer destruir al objeto, que como ya está internalizado, se ataca a sí mismo para hacerle daño. Así es como llega a consulta, aparentemente con un motivo muy nimio y racionalizado que de fondo explicaba el miedo profundo de acercarse cada vez más al camino que se había trazado desde su infancia, que era hacia lo muerto.

Con esto recuerdo el concepto de Freud de la compulsión a la repetición que en “pulsiones y destinos de pulsión”, nos dice que estas personas buscan constantemente el objeto con el que se relacionaron desde la lactancia, explica que lo reprimido intenta retornar al presente, en forma de sueños, síntomas, actuar: [...] lo que ha permanecido incomprendido retorna; como alma en pena, no descansa hasta encontrar solución y liberación.

Regresando a Klein podemos ver que el sentimiento de amor está relacionado con el pecho bueno gratificador y que a su vez le ayudan a contrarrestar la ansiedad persecutoria, los sentimientos de pérdida y persecución; podemos entender entonces que el amor es un sentimiento que se genera de la presencia del pecho que nutre, que brinda seguridad, que está presente. Cosa que en el caso del paciente, no existió, parece que lo que vivió el paciente fue la presencia de una “madre muerta” (André Green, 1980).

En este sentido, cómo intervenir con este paciente para que logre encontrar la búsqueda de ese pecho gratificante, cuando el objeto que ha internalizado es frustrante. En el trabajo de Klein de “envidia y gratitud” cita a Freud cuando expresa que: “la labor del analista, es de construcción, si se prefiere, de reconstrucción, se asemeja en gran parte a la del arqueólogo que excava una casa o un edificio destruidos y soterrados. Ambos procesos son en realidad idénticos, salvo que el analista opera en condiciones más favorables y tiene a su disposición más material auxiliar, dado que sus esfuerzos no se concentran en un objeto destruido, sino en algo todavía vivo, y quizá lo favorezca así mismo otra razón que ya consideremos… hemos dicho que el analista trabaja en condiciones más favorables que el arqueólogo, porque dispone también de un material que no tiene símil alguno en las excavaciones, como, por ejemplo, la repetición de reacciones que datan de la infancia y todo lo que en relación con tales repeticiones emerge a través de la transferencia.. Todo lo esencial se ha conservado; aún aquellas cosas que parecen completamente olvidadas, subsisten de alguna manera y en alguna parte, hallándose sólo soterradas e inaccesibles al individuo”.

En este sentido, puedo relatar que la transferencia que el paciente hace desde el inicio es una transferencia invasiva y de rechazo, es decir una transferencia negativa con el pecho frustrante y malo. Debido a que en su expectativa de analista él deseaba estar con un analista varón y de más edad, después reconoce que se siente muy cómodo en la relación y considera que fue una buena decisión el haber permanecido en análisis a pesar del género y edad de su analista. Inicia el proceso de una transferencia idealizada, el paciente se comienza a sentir confiado, en los sueños que manifiesta es evidente el progreso hacia lo transicional. A través de la relación analítica poco a poco encuentra un espacio en el que se puede sentir confiado y libre de expresar lo que siente, sin ser rechazado y/o abandonado.

Es así cómo a través del análisis de la transferencia que podemos encontrar información acerca de la manera en que viven en él sus objetos internos, es a través de el proceso analítico entonces en donde podrán encontrar la posibilidad de reconstruir sus objetos y encontrar dentro de sí mismos ese objeto gratificador, por medio de una identificación proyectiva con el analista, que puede ejercer la función de pecho bueno, gratificador, tolerante a las agresiones y también frustrante, que marca límites y que por medio de ellos da seguridad.

La respuesta parece notarse sencilla, pero en realidad para llegar a este resultado, requiere de una labor de largo tiempo y de adentrarse en lo más profundo del inconsciente del paciente, como ese arqueólogo que busca con curiosidad, con paciencia, con constancia y con mucha atención a lo que se presenta, con la capacidad de limpiar poco a poco lo que encuentra y entender sus orígenes.

Hace poco en un congreso la psicoanalista Deidre Johnson decía: “para poder amar, hay que perdonar al otro por lo que no es, y por lo que uno quisiera que fuera”. Con esto trataba de explicar que siempre ante la búsqueda de ese objeto perdido, en el enamoramiento lo que pasa es que al inicio se depositan en el objeto todas las características del padre o la madre, y que cuando se da cuenta de que no es ni la madre ni el padre, se llega a odiar al objeto y para poder amarlo tiene que existir el perdón. Hablaba de que nuestra labor como analistas es trabajar con los objetos internos del paciente para que en la medida que los modifique internamente, logre hacer cambios significativos en la forma en que establece sus relaciones amorosas.

Esto me lleva a pensar lo que Klein plantea a cerca de los procesos de escisión en relación con el objeto; ya que entramos en el campo de la ambivalencia entre el amor y el odio por el objeto. Debido a que para trabajar con los objetos internos, es necesario trabajar con las defensas del paciente, en las que la escisión, la idealización y la negación juegan un papel importante en las relaciones.

Cuando Klein expresa que: “el yo es incapaz de escindir al objeto –interno y externo- sin que se lleve a cabo una escisión correspondiente dentro del yo mismo. Por lo tanto, las fantasías y sentimientos respecto al estado del objeto interno, influyen vitalmente en la estructura del yo… en estados de gratificación prosigue, los sentimientos de amor se dirigen hacia el pecho gratificador, mientras que en estados de frustración el odio y la ansiedad persecutorias se ligan al pecho frustrador. La idealización es el corolario del temor persecutorio, pero surge también del poder de deseos instintivos que aspiran a una gratificación ilimitada y crean por tanto, el cuadro de un pecho inagotable y siempre generoso, un pecho ideal”.

Es así como a través de la historia y el trabajo analítico que se ha hecho con este paciente es una muestra de la escisión del yo, en donde el paciente a través de la creación de ese mundo alternativo buscaba la gratificación del pecho inagotable y siempre generoso, cuando la realidad se le presentaba todo el tiempo frustrante, sólo encontró ese camino. Ahora en lo que ese está trabajando es en que, a través del análisis se siga construyendo ese espacio que el analista como representante del pecho bueno, que también frustra, pero siempre está presente, logre permanecer en el espacio de lo transicional que le permita encontrar una forma diferente de relación. Que logre encontrar a ese objeto perdido: el pecho bueno generador de amor.