MECANISMOS DE EVASIÓN
FROMM E. "EL MIEDO A LA LIBERTAD"
En este apartado Fromm se refiere a la psicología individual y a observaciones obtenidas por medio del procedimiento psicoanalítico en sus minuciosos estudios de casos individuales y menciona que al estudiar la psicología individual como base de la comprensión de la psicología social, hacemos algo comparable a la observación microscópica de un objeto. Eso es lo que nos permite descubrir los detalles mismos de los mecanismos psicológicos, cuyo funcionamiento en vasta escala podemos observar en el proceso social.
Es así como los fenómenos que observamos en los neuróticos no difieren en principio de los que se dan en las personas normales. Son tan sólo más acentuados, más definidos y con frecuencia más manifiestos a la auto-conciencia del neurótico que a la del individuo normal, quien no advierte ningún problema que requiera estudio.
Para una mejor comprensión de estos conceptos Fromm los describe de la siguiente manera:
El término normal (o sano), puede definirse de dos maneras. En primer lugar, desde la perspectiva de una sociedad en funcionamiento, una persona será llamada normal o sana si es capaz de cumplir con el papel social que le toca desempeñar dentro de la sociedad dada. En segundo lugar, desde la perspectiva del individuo, consideramos sana o normal a la persona que alcanza el grado óptimo de expansión y felicidad individuales.
Por otro lado también distingue entre salud y enfermedad, uno es regido por las necesidades sociales, el otro por las normas y valores referentes a la existencia individual. Si diferenciamos los dos conceptos de normal y neurótico de la manera indicada, llegamos a esta conclusión: la persona considerada normal en razón de su buena adaptación, de su eficiencia social, es a menudo menos sana que la neurótica.
En este último sentido el término neurótico no puede ser aplicado a toda una sociedad, puesto que ella no podría existir si sus miembros no cumplieran sus funciones sociales. Sin embargo, en el otro sentido, en el de los valores humanos, una sociedad puede ser llamada neurótica cuando sus miembros ven mutilada la expansión de su personalidad.
De esta forma Fromm describe los mecanismos de evasión que resultan de la inseguridad del individuo aislado. Una vez que hayan sido cortados los vínculos primarios que proporcionaban seguridad al individuo se le abren dos distintos caminos para superar el insoportable estado de soledad e impotencia del que forzosamente debe salir. Siguiendo uno de ellos, estará en condiciones de progresar hacia la libertad positiva; puede establecer espontáneamente su conexión con el mundo en el amor y el trabajo, en la expresión genuina de sus facultades emocionales, sensitivas e intelectuales; de este modo volverá a unirse con la humanidad, con la naturaleza y consigo mismo, sin despojarse de la integridad e independencia de su yo individual.
El otro camino que se le ofrece es el de retroceder, abandonar su libertad y tratar de superar la soledad eliminando la brecha que se ha abierto entre su personalidad individual y el mundo. Este no es un camino que conduzca a la felicidad y a la libertad positiva; por el contrario, representa, en principio, una pauta que puede observarse en todos los fenómenos neuróticos.
1. El autoritarismo
Consiste en la tendencia a abandonar la independencia del yo individual propio, para fundirse con algo, o alguien, exterior a uno mismo, a fin de adquirir la fuerza de que el yo individual carece; es decir, la tendencia a buscar nuevos vínculos secundarios como sustitutos de los primarios que se han perdido. Las formas más nítidas de este mecanismo pueden observarse en la tendencia compulsiva hacia la sumisión y la dominación (tendencias sádicas y masoquistas).
Las formas más frecuentes en las que se presentan las tendencias masoquistas están constituidas por los sentimientos de inferioridad, impotencia e insignificancia individual, estas personas conscientemente se quejan de sufrirlos y afirman que quieren librarse de ellos, existe sin embargo algún poder inconsciente que se halla en sus mismas psiquis que las impulsa a sentirse inferiores o insignificantes. Casi siempre exhiben una dependencia muy marcada con respecto a poderes que les son exteriores, hacia otras personas, instituciones o hacia la naturaleza misma.
Con frecuencia las personas masoquistas son completamente incapaces de experimentar el sentimiento "Yo soy" o "Yo quiero". Muchas veces las tendencias masoquistas son experimentadas como manifestaciones irracionales o patológicas; pero, con mayor frecuencia aún, reciben una forma racionalizada. La dependencia de tipo masoquista es concebida como amor o lealtad, los sentimientos de inferioridad como la expresión adecuada de defectos realmente existentes, y los propios sufrimientos como si fueran debidos a circunstancias inmodificables.
En el mismo tipo de carácter (autoritario) hasta ahora descrito pueden hallarse otras tendencias completamente opuestas, de carácter sádico, de las cuales se pueden observar tres especies de tales tendencias: la primera se dirige al sometimiento de los otros, al ejercicio de una forma tan ilimitada y absoluta de poder que reduzca a los sometidos al papel de meros instrumentos. Otra está constituida por el impulso tendiente no sólo a mandar de manera tan autoritaria sobre los demás, sino también a explotarlos. El tercer tipo de tendencia sádica lo constituye el deseo de hacer sufrir a los demás o el de verlos sufrir. Tal sufrimiento puede ser físico, pero más frecuentemente se trata del dolor psíquico.
Las tendencias sádicas son en general menos conscientes y más racionalizadas que los impulsos masoquistas, que no son tan peligrosos como aquéllas desde el punto de vista social. Con frecuencia ellas se ocultan por completo detrás de formaciones de carácter reactivo que se expresan bajo forma de exagerada bondad o exagerada preocupación para con los demás.
Hay un factor, en la relación entre sádico y el objeto de su sadismo es en: la dependencia de la persona sádica con respecto a su objeto. Mientras la dependencia del masoquista es evidente, en lo que se refiere al sádico lo lógico sería esperar precisamente lo contrario: parece tan fuerte y dominador, y el objeto de su sadismo tan débil y sumiso, que resulta difícil concebirlo como un ser dependiente de aquel a quien manda. La persona sádica "ama" de una manera completamente manifiesta a aquellos sobre los cuales experimenta su poder. Puede creer que desea dominar sus vidas porque los quiere tanto. Y de hecho los quiere porque los domina.
Ahora bien, existe un fenómeno, que prueba que el sufrimiento y la debilidad pueden constituir el fin del esfuerzo humano: la perversión masoquista, con plena autoconciencia, desean sufrir de una manera u otra y gozan con su sufrimiento. Con frecuencia no se busca el sufrimiento real, sino la excitación y la satisfacción que surgen del sentirse físicamente sometido, débil y desamparado.
En la perversión sádica hallamos, en cambio, la satisfacción derivante del acto de infligir tales sufrimientos: castigar físicamente a otras personas, atarlas con cuerdas o cadenas, humillarlas por la acción o la palabra.
El primer intento para establecer una explicación teórica más completa, se debe a Freud. Originariamente este autor pensaba que el sadomasoquismo es fundamentalmente un fenómeno sexual. Después de haber observado la presencia de impulsos sadomasoquistas en niños muy pequeños, supuso que el sadomasoquismo es un impulso parcial que aparece regularmente en el desarrollo del instinto sexual. Creía que las tendencias sadomasoquistas de los adultos son debidas a la fijación del desarrollo psicosexual del individuo en una fase infantil o bien a la regresión hacia ella. Posteriormente Freud prestó una creciente atención a la importancia de aquellos fenómenos que él mismo denominara masoquismo moral, es decir, la tendencia hacia el sufrimiento psíquico (y no físico). Freud sugirió que el masoquismo es esencialmente el producto del llamado instinto de muerte. Además, agregó que tal instinto, imposible de observarse directamente, se mezcla con el instinto sexual, y en esta fusión aparece como masoquismo —cuando se dirige en contra de la propia persona— o como sadismo, si se dirige en contra de los demás. Si el hombre dejara —según Freud— de mezclar la destructividad con el instinto sexual, sólo le quedaría esta alternativa: destruirse a sí mismo o destruir a los otros
Según Fromm Tanto los impulsos masoquistas como los sádicos tienden a ayudar al individuo a evadirse de su insoportable sensación de soledad e impotencia. A menudo este sentimiento no es consciente; otras veces se oculta detrás de formaciones compensatorias que exaltan su propia perfección y excelencia.
Las distintas formas asumidas por los impulsos masoquistas tienen un solo objetivo: librarse del yo individual, perderse; dicho con otras palabras: librarse de la pesada carga de la libertad.
Sentirse infinitamente pequeño y desamparado es uno de los medios para alcanzar tal fin; dejarse abrumar por el dolor y la agonía, es otro; y un tercer camino es el de abandonarse a los efectos de la embriaguez. La fantasía del suicidio constituye la única esperanza cuando todos los demás no hayan logrado aliviar la carga de la soledad. Los impulsos masoquistas tienen por causa el deseo de librarse del yo individual, con todos sus defectos, conflictos, dudas, riesgos e insoportable soledad, pero logran eliminar únicamente la forma más evidente del sufrimiento y hasta pueden conducir a dolores más intensos.
En los impulsos neuróticos, en cambio, la acción se debe a una compulsión que posee esencialmente un carácter negativo: escapar de una situación insoportable. El impulso tiende hacia objetivos que constituyen una solución puramente ficticia. De hecho, el resultado de la acción es lo contrario de lo que el individuo se propone: la necesidad de liberarse de un sentimiento insoportable es tan fuerte, que le es imposible elegir una línea de conducta que constituya una solución real. La anulación del yo individual y el intento de sobreponerse, por ese medio, a la intolerable sensación de impotencia, constituyen tan sólo un aspecto de los impulsos masoquistas. El otro aspecto lo hallamos en el intento de convertirse en parte integrante de alguna más grande y más poderosa entidad superior a la persona, sumergiéndose en ella.
El individuo y la entidad a la que se adhiere, nunca se unifican, siempre subsiste un antagonismo básico y, con éste, el impulso —que puede ser totalmente inconsciente— de librarse de la dependencia masoquista y volver a ser libre.
¿Cuál es la esencia de los impulsos sádicos? Tampoco aquí consiste ella en el deseo de infligir dolor a los demás. Todas las distintas formas de sadismo que nos es dado observar pueden ser reducidas a un impulso fundamental único, a saber, el de lograr el dominio completo sobre otra persona, el de hacer de ésta un objeto pasivo de la voluntad propia, de constituirse en su dueño absoluto, su Dios; de hacer de ella todo lo que se quiera.
Fromm propone denominar simbiosis al fin que constituye la base común del sadismo y el masoquismo. La simbiosis, en este sentido psicológico, se refiere a la unión de un yo individual con otro (o cualquier otro poder exterior al propio yo), unión capaz de hacer perder a cada uno la integridad de su personalidad, haciéndolos recíprocamente dependientes. La gente no es sádica o masoquista, sino que hay una constante oscilación entre el papel activo y el pasivo del complejo simbiótico, de manera que resulta a menudo difícil determinar qué aspecto del mismo se halla en función en un momento dado. En ambos casos se pierde la individualidad y la libertad.
La destructividad es el resultado del fracaso de la expansión emocional, intelectual y sensitiva del individuo; por lo tanto, los impulsos destructivos son una consecuencia de las mismas condiciones que conducen a la necesidad de simbiosis. La persona destructiva quiere destruir el objeto, es decir, suprimirlo, librarse de él. El sádico, por el contrario, quiere dominarlo, y, por lo tanto, sufre una pérdida si su objeto desaparece. El sadismo, en el sentido que le hemos asignado, puede también resultar relativamente exento de carácter destructivo y mezclarse con una actitud amistosa hacia su objeto.
Los fenómenos masoquistas, en particular, son considerados como expresiones de amor. Parecería que no existe mejor prueba de "amor" que el sacrificio y la disposición a perderse por el bien de la otra persona. De hecho, en tales casos, el amor es esencialmente un anhelo masoquista y se funda en la necesidad de simbiosis de la persona en cuestión. El masoquismo y el amor son dos cosas opuestas. El amor se funda en la igualdad y la libertad. Si se basara en la subordinación y la pérdida de la integridad de una de las partes, no sería más que dependencia masoquista, cualquiera fuera la forma de racionalización adoptada.
Mandar sobre otra persona, cuando se pueda afirmar el derecho de hacerlo por su bien, aparece muchas veces bajo el aspecto de amor, pero el factor esencial es el goce nacido del ejercicio del dominio. No es el sadismo, algo similar al apetito de poder? La contestación es que, aunque las formas más destructivas del sadismo (cuando su fin es el de castigar y torturar a otra persona), no son idénticas a la voluntad de poder, ésta es sin duda la expresión más significativa del sadismo. En sentido psicológico, el deseo de poder no se arraiga en la fuerza, sino en la debilidad. Es la expresión de la incapacidad del yo individual de mantenerse solo y subsistir. El término poder puede significar cada una de estas dos cosas: dominación o potencia. La impotencia, usando el término no tan sólo con respecto a la esfera sexual, sino también a todos los sectores de las facultades humanas, tiene como consecuencia el impulso sádico hacia la dominación. El poder, en el sentido de dominación, es la perversión de la potencia, del mismo modo que el sadismo sexual es la perversión del amor sexual.
Dado que el término "sadomasoquista" se halla asociado con la noción de perversión y de neurosis, Fromm empleó la expresión carácter autoritario. Esta terminología se justifica, por cuanto la persona sadomasoquista se caracteriza siempre por su peculiar actitud hacia la autoridad. La admira y tiende a someterse a ella, pero al mismo tiempo desea ser ella misma una autoridad y poder someter a los demás.
La autoridad se refiere a una relación interpersonal en la que una persona se considera superior a otra. Pero existe una diferencia fundamental entre el tipo de relación de superioridad-inferioridad, que puede denominarse autoridad racional, y la que puede describirse como autoridad inhibitoria (amo y esclavo/ maestro y alumno). En el primero representa la condición necesaria para ayudar a la persona sometida a la autoridad; en el segundo no es más que la condición de su explotación.
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