Amour
(Michel Haneke)
“No hay algo más hondo que mirar el sufrimiento
de alguien amado sin poder ayudarle”
M. Haneke.
Tengo
que confesar que la primera ocasión que vi la película, lloré casi todo el
tiempo, la pasé realmente mal al verla y
al salir de la sala de cine, estaba sin palabras. En realidad tuvieron que
pasar unas horas y tal vez unos días para que lograra digerirla.
Es
una película sencillamente impactante, que nos arroja a la realidad de lo que
se ha vivido o de lo que seguramente nos espera por vivir. El final inminente de la vida de un ser
querido y/o de la vida propia, el final también del amor; de un amor que no se
puede entender, hasta que se recorre un trayecto de años y años con el ser
amado.
La
fineza y crueldad del director, consiste en mostrar de manera transgresiva la realidad, en la intimidad de una pareja a
la que repentinamente ha visitado la enfermedad y la muerte. La contemplamos
ahí, ante nuestros ojos que no dejan de mirar. El sufrimiento, el dolor, la
incomprensión, el fastidio, la impotencia y al mismo tiempo el infinito amor
son los sentimientos que surgen cuando se enfrenta la enfermedad que consume
paulatinamente a la persona que amamos.
“Hay
cosas que no se muestran” le dice George a su hija, cuando le prohíbe entrar a
la habitación de Anne (su madre), cosas que el director nos ha mostrado en
contra de la voluntad del propio George. Nos hace testigos del decaimiento de
Anne, de su deterioro cada vez más profundo, de su falta de movilidad, de su
incapacidad para pronunciar palabras.
Somos
testigos de cómo George en su amor infinito protege a Anne de los intrusos,
parece que eso piensa de la gente que no entiende, hasta de Eva su propia hija,
que lo único que le recomienda es que la lleve a una clínica para que sea “bien
tratada”. Sin darse cuenta de que la
única persona que podría atenderla con amor y con cuidado es él. El hombre con
quien ha compartido la vida, con quien tiene códigos especiales de comunicación
que nadie ni una enfermera “capacitada” pueden ofrecer.
George
entiende que Anne, no quiere que nadie
la vea. Por eso se empeña en que así sea, cierra una y otra vez puertas y
ventanas, corre de su mundo a una paloma que aparece de repente, intenta
atraparla y cuando lo hace la cubre para que
no sea partícipe del infierno que viven ahí dentro. Nadie más puede
participar de su privacidad, que al ser compartida tendría que pasar por el
tamiz de la compasión. Esa que Anne no quiere, no quiere sentir la humillación
de la mirada los otros, una mirada de lástima que más que ser reconfortante le
resultaría degradante. No quiere que le hagan preguntas, porque seguramente no
podrá contestarlas.
Este
impertérrito retrato de devoción, envejecimiento y enfermedad deja huellas y
cicatrices en el alma, pues no existe nada más certero en la vida que la propia
muerte. A veces lo olvidamos, nos negamos a mirarla, pero se hace presente de
maneras abruptas, sin esperarla.
En
una de las primeras escenas, la pareja al llegar del teatro, se dan cuenta de
que la chapa ha sido forzada. Anne se muestra sumamente abrumada, se preocupa
por su seguridad, pero parece que quien se
ha instalado sin invitación y sin previo aviso no es un delincuente, no es una
persona. Se trata de aquella a la que se
evita mirar a los ojos, esa que lleva la enfermedad y que permanece invisible,
hasta que cumple con su cometido: “la muerte” que trabaja lentamente y, lo hace sin máscaras sentimentales o
estrategias de dulcificación, somos testigos del más aséptico de los realismos. La
enfermedad visita a Anne paralizando la mitad de su cuerpo, saboteando su
raciocinio, triturando su memoria... El trance de su adorada esposa enfrenta a
George a la prueba de amor más extrema. Ella no quiere pasarlo en un hospital,
y él se dedica en corazón y cuerpo a cuidarla. Dos seres desvalidos en comunión
frente a las embestidas de la muerte.
Es
una larga espera que George no se permite y toma una decisión que evita más
sufrimiento para ambos, a pesar de su esfuerzo y devoción. De pronto aparece el
reconocimiento de que “no hay más que
hacer”, de que cualquier esfuerzo o cuidado son inútiles, pues no existe nada
que le devuelva la salud y la fuerza a Anne para poder seguir. Así que no
aguanta más y le ayuda a pasar a otro estado de existencia, en una vida que no
es esta, en donde él se pone su abrigo y sale con ella de esa casa abandonando
el desconsuelo de la vida.
Parece
que lo que Haneke plantea en este film, no tiene que ver únicamente con el tema
de una pareja que se acompaña hasta la muerte, sino que, plantea una
problemática en la que se toma una decisión en donde lo “permitido” lo “valido”
queda en disputa. Es un tema que ni él mismo logró resolver en su vida privada,
ya que esta película fue inspirada en un caso personal. Una de sus tías, a los
93 años decidió quitarse la vida, ella misma le pidió a Haneke que la ayudara, pero él se negó.
Afirma en una entrevista “de ninguna manera podría haberlo hecho”. Sin embargo,
al contarnos esta historia encuentra una
manera reparativa para
resignificar su propia experiencia. (Actuando lo que no hizo, a través de una
realidad alternativa en la que dirige desde afuera la solución que tal vez
quiso llevar a cabo pero no pudo).
La
pregunta que surge aquí, es ¿cómo podríamos abordar el sufrimiento de la
persona que amamos? ¿qué haríamos los que estamos en esta sala, en una
situación similar, o cómo la estamos enfrentando? si es que la estamos viviendo
ahora. Me parece que la respuesta no es
cosa sencilla, la única forma de obtener una respuesta genuina, es a través de
la propia vivencia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario