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miércoles, 11 de septiembre de 2013

Amour (M. Haneke)

Amour
(Michel Haneke)




“No hay algo  más hondo que mirar el sufrimiento
 de alguien amado sin poder ayudarle”
 M. Haneke.


Tengo que confesar que la primera ocasión que vi la película, lloré casi todo el tiempo, la pasé realmente mal al verla  y al salir de la sala de cine, estaba sin palabras. En realidad tuvieron que pasar unas horas y tal vez unos días para que lograra digerirla.
Es una película sencillamente impactante, que nos arroja a la realidad de lo que se ha vivido o de lo que seguramente nos espera por vivir.  El final inminente de la vida de un ser querido y/o de la vida propia, el final también del amor; de un amor que no se puede entender, hasta que se recorre un trayecto de años y años con el ser amado.

La fineza y crueldad del director, consiste en mostrar de manera transgresiva  la realidad, en la intimidad de una pareja a la que repentinamente ha visitado la enfermedad y la muerte. La contemplamos ahí, ante nuestros ojos que no dejan de mirar. El sufrimiento, el dolor, la incomprensión, el fastidio, la impotencia y al mismo tiempo el infinito amor son los sentimientos que surgen cuando se enfrenta la enfermedad que consume paulatinamente a la persona que amamos.

“Hay cosas que no se muestran” le dice George a su hija, cuando le prohíbe entrar a la habitación de Anne (su madre), cosas que el director nos ha mostrado en contra de la voluntad del propio George. Nos hace testigos del decaimiento de Anne, de su deterioro cada vez más profundo, de su falta de movilidad, de su incapacidad para pronunciar palabras. 

Somos testigos de cómo George en su amor infinito protege a Anne de los intrusos, parece que eso piensa de la gente que no entiende, hasta de Eva su propia hija, que lo único que le recomienda es que la lleve a una clínica para que sea “bien tratada”.  Sin darse cuenta de que la única persona que podría atenderla con amor y con cuidado es él. El hombre con quien ha compartido la vida, con quien tiene códigos especiales de comunicación que nadie ni una enfermera “capacitada” pueden ofrecer.

George entiende que Anne, no quiere que  nadie la vea. Por eso se empeña en que así sea, cierra una y otra vez puertas y ventanas, corre de su mundo a una paloma que aparece de repente, intenta atraparla y cuando lo hace la cubre para que  no sea partícipe del infierno que viven ahí dentro. Nadie más puede participar de su privacidad, que al ser compartida tendría que pasar por el tamiz de la compasión. Esa que Anne no quiere, no quiere sentir la humillación de la mirada los otros, una mirada de lástima que más que ser reconfortante le resultaría degradante. No quiere que le hagan preguntas, porque seguramente no podrá contestarlas.

Este impertérrito retrato de devoción, envejecimiento y enfermedad deja huellas y cicatrices en el alma, pues no existe nada más certero en la vida que la propia muerte. A veces lo olvidamos, nos negamos a mirarla, pero se hace presente de maneras abruptas, sin esperarla.

En una de las primeras escenas, la pareja al llegar del teatro, se dan cuenta de que la chapa ha sido forzada. Anne se muestra sumamente abrumada, se preocupa por su seguridad, pero  parece que quien se ha instalado sin invitación y sin previo aviso no es un delincuente, no es una persona.  Se trata de aquella a la que se evita mirar a los ojos, esa que lleva la enfermedad y que permanece invisible, hasta que cumple con su cometido: “la muerte” que trabaja lentamente y,  lo hace sin máscaras sentimentales o estrategias de dulcificación, somos testigos  del más aséptico de los realismos. La enfermedad visita a Anne paralizando la mitad de su cuerpo, saboteando su raciocinio, triturando su memoria... El trance de su adorada esposa enfrenta a George a la prueba de amor más extrema. Ella no quiere pasarlo en un hospital, y él se dedica en corazón y cuerpo a cuidarla. Dos seres desvalidos en comunión frente a las embestidas de la muerte.

Es una larga espera que George no se permite y toma una decisión que evita más sufrimiento para ambos, a pesar de su esfuerzo y devoción. De pronto aparece el reconocimiento de que “no hay  más que hacer”, de que cualquier esfuerzo o cuidado son inútiles, pues no existe nada que le devuelva la salud y la fuerza a Anne para poder seguir. Así que no aguanta más y le ayuda a pasar a otro estado de existencia, en una vida que no es esta, en donde él se pone su abrigo y sale con ella de esa casa abandonando el desconsuelo de la vida.

Parece que lo que Haneke plantea en este film, no tiene que ver únicamente con el tema de una pareja que se acompaña hasta la muerte, sino que, plantea una problemática en la que se toma una decisión en donde lo “permitido” lo “valido” queda en disputa. Es un tema que ni él mismo logró resolver en su vida privada, ya que esta película fue inspirada en un caso personal. Una de sus tías, a los 93 años decidió quitarse la vida, ella misma le pidió  a Haneke que la ayudara, pero él se negó. Afirma en una entrevista “de ninguna manera podría haberlo hecho”. Sin embargo, al contarnos esta historia encuentra una  manera reparativa  para resignificar su propia experiencia. (Actuando lo que no hizo, a través de una realidad alternativa en la que dirige desde afuera la solución que tal vez quiso llevar a cabo pero no pudo).

La pregunta que surge aquí, es ¿cómo podríamos abordar el sufrimiento de la persona que amamos? ¿qué haríamos los que estamos en esta sala, en una situación similar, o cómo la estamos enfrentando? si es que la estamos viviendo ahora.  Me parece que la respuesta no es cosa sencilla, la única forma de obtener una respuesta genuina, es a través de la propia vivencia.