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viernes, 26 de octubre de 2012

"Psicoanálisis y el hombre en busca de sentido"



“El psicoanálisis y el hombre en busca de sentido”
Una reflexión basada en “Cándido” de Voltaire.

Elizabeth Jenny Hernández Ramírez
Mtra. Psicoanálisis.

Cuantas veces no hemos escuchado de otros, qué sentido tiene hacer, estar, ser, si al final todo acaba en la nada o en la muerte… ¿cuántas veces nosotros mismos no hemos sido víctimas de esas preguntas? ¿Qué le podemos decir a un paciente que expresa, que no le encuentra el sentido a su propia vida?
A través de la historia el hombre ha creado ideologías, religiones, instituciones para generar apegos.  Heidegger las llama “cosas mundanas”  que distraen al hombre de preguntas esenciales a cerca del ser.
En estos tiempos, para muchos el sentido de la  vida, lo encuentran en el capitalismo, el deseo de “poder”, de “tener” y “poseer”, los lleva a sumergirse en un mercado de personalidades, en donde se intenta vender la propia persona como un material de producción.
Este mundo que pareciera encaminar al vacío existencial, a la superficialidad, paradójicamente está motivando a muchos a buscar respuestas profundas que expliquen su vida. Eso me hace pensar que en la esencia del hombre, se encuentran cuestionamientos que la consciencia no alcanza a comprender, como: ¿quién soy?  ¿a dónde voy? ¿qué quiero? Etc.
A través de la historia, podemos encontrar que muchos han tratado de dar respuesta a esas preguntas, podemos leer relatos de cómo  los filósofos y sabios, se reunían afablemente para poder disertar a cerca de las cuestiones del ser. Permanecían completamente despreocupados de las cosas mundanas, se ocupaban de sus pensamientos, y se interesaban por la esencia ontológica de diversas ideas.
Pero ¿qué es lo que  pasa ahora? En la actualidad, las personas que tienen la sensibilidad para hacer frente a esos cuestionamientos, tienen tan poco espacio en el mundo, en ocasiones se les tacha de “locos”, rebeldes, que merecen estar internados en un hospital psiquiátrico.
Lo que más predomina ahora son exigencias para “tener” que es la base del sistema capitalista, el hombre se preocupa y trabaja para los fines materiales y trata de reprimir en lo más profundo del inconsciente las necesidades del “ser”.
No obstante,  cuando vienen a la consciencia tales necesidades y al enfrentarse a las preguntas sin respuesta  del mundo interno, estos sujetos se pierden en un mundo de contradicciones, que deja huella y esta es: el sentimiento de “sin sentido”.

En la consulta de todos los días, veo frente a mí a personas con diferentes padecimientos: ansiedad, depresión, trastornos bipolares, esquizoides, límites, narcisistas, etc. Pero muchas veces me he preguntado ¿de qué sirve encuadrarlos con el nombre de una enfermedad mental? Si en realidad, los nombres que se utilicen para etiquetarlos en el expediente, son sólo aproximaciones nimias de lo que representa cada individuo en el setting analítico.
Por lo que prefiero escribir los diagnósticos en el expediente como una más de mis anotaciones, para después hacerlos a un lado… “Hay que aprender bien la teoría, para después olvidarla” (E. Fromm).
Lo que realmente atrapa mi atención, es que detrás  de cada uno de los casos, predomina de alguna u otra forma, la pregunta sobre “el sentido de la vida o el vacío existencial”.
Es por eso, que hoy lo que pretendo es invitar al análisis y dejar puestas sobre la mesa dos posturas que en psicología han llevado a generar teorías enfocadas ayudar a las personas a encontrar su "sentido de la vida”.
Veamos ahora ¿qué significa el sentido de vida? Es una respuesta que para cada individuo es diferente, pues para algunos el sentido de vida lo pueden encontrar en (ver diapositiva):
·         La familia
·         Pareja
·         Hijos
·         Vínculos afectivos
·         Desarrollo académico
·         Desarrollo laboral
·         Desarrollo de intereses personales
·         Búsqueda de aceptación social
·         Éxito
·         Amor, etc.
El sentido de vida, es una búsqueda que se anuncia inalcanzable, pues a pesar de mantener cierto “equilibrio” en estas áreas, el hombre se sigue cuestionando a cerca del sentido de su existencia en el mundo.
Para iniciar, quiero hablarles primero de un personaje muy famoso de la literatura llamado: “Cándido” (Voltaire, 1759),  este personaje y su historia nos llevan al análisis precisamente de las dos posturas que pretendo analizar el día de hoy: el “pensamiento positivo (optimista), y también al del “pensamiento negativo o pesimista”.
“Cándido o el optimismo”  es una novela, que surge como una respuesta de Voltaire al argumento de Leibniz, quien afirmaba que: al ser la  divina providencia omnisciente y omnipotente, se deduce por lógica o al menos se supone, que habrá creado “el mejor de los mundos posibles”.  (Discurso de metafísica, 1686).
Voltaire tiene dificultades para aceptar que lo que le rodea, puede ser el mejor de los  mundos posibles. Por ello responde con “Cándido” a la crueldad humana que lo circunda. Con esta  novela se rebela contra el optimismo, contra la perspectiva positiva, se opone al destino a la intervención permanente de la “divina providencia” y reconoce la existencia del mal, lo percibe y considera que la razón no sólo es suficiente para explicarlo sino también parta suprimirlo, si no se usa correctamente. Trata de explicar los errores de la razón cuando esta se olvida de la realidad.

Quiero decirles y para que no se desalienten, que no es necesario tener el conocimiento previo de esta historia, ya que trataré de darles un amplio panorama de quién es Cándido y los personajes que influyeron de manera determinante en su vida y formación.

Cándido.- hace alusión a su nombre que quiere decir “sencillo, sin malicia ni doblez. Es entonces, un ser ingenuo, de naturaleza apacible, de juicio bastante recto y espíritu muy simple, de  pensamiento honrado, guiado por un buen corazón, optimista pues no puede ser de otra manera, tenía la convicción de que “este es el mejor de los mundos posibles”. Creencia que hizo propia gracias a las enseñanzas del Dr. Pangloss.
Pangloss.-  un sabio filósofo, preceptor de Cándido, Cunegunda y su hermano (hijos del barón, dueño del castillo en donde vive y posteriormente es desterrado), les da a conocer, las leyes que guían el universo y la vida.
Cándido al opinar de su profesor dice lo siguiente: "probaba de modo admirable que no hay efecto sin causa, y que en este mundo, el mejor que se puede imaginar, el castillo del señor barón era el más hermoso de todos, y la baronesa, la mejor baronesa de cuantas existían".
En palabras de Pangloss: "Está demostrado - decía-, que las cosas no pueden ser de otra manera a como son, pues estando todo hecho para un fin, todo es necesariamente para el mejor fin, por consiguiente, los que afirman que todo está bien, han afirmado una necedad, pues debieron decir que todo está lo mejor posible".
Ante la desgracia, que no muy tarde cayó sobre Pangloss y todos los habitantes del castillo, con su bondad, extrae las consecuencias positivas, aplicando como nadie el refrán que todos conocemos: "No hay mal que por bien no venga", así cuando Cándido encuentra a su maestro transformado en pordiosero y con la sífilis, este le expresa los beneficios relacionados con la enfermedad que contrajo.
Conegunda, es la amada de Cándido, hija del barón, es una muchacha inocente de la que Cándido se enamora apasionadamente. A lo largo de la obra, Cándido no olvida entre todas las calamidades vividas su amor por ella, con quien desea fundir su destino; pues representa la razón de su deseo, de su búsqueda, el fin de su aventura.  
El primero de los acontecimientos importantes de la novela, inicia por la acción seductora de Cunegunda -a la que Cándido se rinde en un beso-  provoca que sea arrojado fuera del paraíso del castillo donde vivía Cándido en el primer capítulo del libro (al igual que ocurre en el pecado original con Adán y Eva). Ella adopta un papel pasivo desde entonces, y es Cándido quien le concede el valor de su amor, la motivación por alcanzar el objetivo final; Cándido logra olvidarse de todo, cuando piensa en Cunegunda que es el objeto de sus deseos.
Dentro de los personajes que conoce Cándido se encuentra Martín: un maniquéo pesimista.
Martín, es la cruz del optimismo, la oposición al pensamiento panglossiano, y no considera que este sea el mejor de los mundos posibles, pero tampoco piensa que sea el peor, es como es, le gustaría que no fuera así, pero así es. 
Considera un mundo lleno de dolor, de daño, de muerte, de lucha, la vida es difícil, y lograr un cambio es prácticamente imposible. Es un maniqueo que considera que el mal existe por sí mismo. El principio del mundo es el caos y no el orden.  Por eso se debe controlar el mal, porque si no, a la larga se terminará apropiando del mundo.
Cándido recorre la mayor parte del mundo conocido, civilizado e incivilizado; su aventura transcurre por Europa y América, el viejo y el nuevo mundo, y concluye en las puertas de Asia, en Constantinopla. Visita lugares reales e imaginados, entre ellos destaca El Dorado, un valle escondido entre altas montañas, donde las cosas son diferentes, donde sí se puede ser optimista porque es posible. Si existe el mejor de los mundos posibles, este es El Dorado, con sus carneros y sus piedras preciosas, con la feliz despreocupación de sus gentes, con la superación de las necesidades básicas. 
Pero Cándido decide dejar ese lugar, elige marcharse con algunas riquezas cargadas en carneros rojos, en busca de su amada Cunegunda.  Las riquezas van desapareciendo, poco a poco, quedando sólo con lo que es capaz de llevar encima, que resulta suficiente para vivir como un aristócrata. El paraíso se ha perdido para siempre por la búsqueda de su objeto de amor. En todas partes encuentra maldad, y esta maldad se aprovecha de la inocencia y la buena voluntad de Cándido, quien en vez de aprender y cambiar, se empecina en permanecer fiel a las enseñanzas de su maestro Pangloss, aunque esto pueda costarle la vida.
Cuando por fin se encuentra con su amada Conegunda, se da cuenta que no es la que recordaba, pues Conegunda ahora se ve cansada, con arrugas en la cara y fea.
Cándido opta por hacer un sacrificio, decide casarse con ella a pesar de su estado. Logra comprar una finca, único bien que le queda para sobrevivir.
En esa finca terminan habitando: Pangloss, Martín, una vieja que acompañaba a Conegunda, la propia Conegunda y Cándido.
Poco era lo que hacían en ese lugar y después de años de tedio y aburrimiento, en los que no hacía más que disertar con Pangloss y con Martín a cerca del estado de su vida. La vieja que acompañaba a Conegunda los confrontó a la idea de no saber qué era más terrible, si pasar la vida con todas las desventuras que habían tenido o estar ahí sin hacer nada…
Para Martín era simple pues él estaba convencido de que el hombre se encontraba mal en todas partes, eso hacía que llevara las cosas con paciencia. Además de que pensaba que: “el destino del hombre era vivir en las convulsiones de la angustia o en el letargo del tedio”.
 Sin embargo Cándido no le concedía crédito a las palabras de Martín y Pangloss a pesar de que en la vida había sufrido los peores infortunios, seguía afirmando la idea de que todo estaba perfecto, aunque ya no lo creyera así.
Finalmente dos personajes más a aparecen en la historia, el primero un filósofo que gozaba de fama de ser el mejor de Turquía. A quien Pangloss le enuncia “maestro, venimos a rogarte que nos digas ¿para qué fue creado un animal tan extraño como el hombre? Y este le contestó: ¿Qué te importa? ¿Te servirá de algo saberlo? Negándose a contestarles nada más.
El segundo, un anciano dueño de una finca quien les hizo saber la importancia del trabajo, pues el trabajo  -según éste- libra de tres insufribles calamidades: el aburrimiento, el vicio y la necesidad.
Martín, Pangloss y Cándido llegaron a la conclusión de que el trabajo es lo único que hace que la vida sea tolerable.

Hasta aquí tenemos un pequeño panorama de Cándido y considero que con estos datos es suficiente para generarnos una idea de quiénes son estos personajes, ¿cuáles son sus motivaciones, sus dudas, hacia dónde va cada uno y qué es lo que quieren encontrar?
Comencemos hablando de Cándido, él es un chico desterrado de un castillo, no se sabía nada sobre sus orígenes, pero se tenía la sospecha de que era hijo de la hermana del barón del castillo. Era solo un chico más que habitaba ese lugar, muy interesado en las enseñanzas de Pangloss, de quien no cuestionaba nada, era como una esponja que sólo absorbía el conocimiento de una forma pasiva.
 Tenía un carácter de tipo receptivo y de naturaleza ingenua. A pesar de que sus experiencias de vida, lo ponían a prueba en todo momento, parece que él nunca aprendió ni veía más allá de lo que su percepción alcanzaba.
Enamorado de Conegunda, de su belleza infinita, no hace más que buscarla, después de haber sido desterrado del palacio. Esa chica, que podría ser su prima, se convierte en su “sentido de vida”.
En algún momento de la historia se convierte también en la motivación que lo llevó a matar a dos hombres –un judío y el inquisidor- (amantes de Conegunda).  Esto es de llamar la atención pues siendo Cándido un dechado de inocencia y sin nada de malicia, se atreve a cometer uno de los mayores crímenes, que es privar de la vida a alguien, en nombre del ¿amor? Lo que hace evidente este acto en realidad, es que, en todo ser humano existe una tendencia a la destrucción. Pero eso era algo, que la conciencia de Cándido no daba cabida, esa inocencia e ingenuidad a pesar de todo lo vivido, llega a ser perturbadora a la mirada del lector.
Lo anterior, da la impresión de que en Cándido anidaba en su interior, una especie de “inocencia violenta” término que describe Ch. Bollas (1994), con el que explica que: la inocencia violenta la encontramos en aquellas personas que no pueden reconocer en ellos, el mínimo de impulsos agresivos y/o violentos. Estos sujetos son poseedores de una “no mente”, que no es capaz de conocer sus propios contenidos, en todo momento miran las cosas de una forma inocente, con una negativa que desestima todo tipo de ayuda.
“El inocente violento –nos dice Bollas- incita a la desazón, a la densidad ideativa y a la turbación emocional: es un sí mismo simple  patrocinado por el sí mismo complejo, sádicamente frío y objetivo, indiferente ante la angustia del otro. El inocente violento patrocina una confusión afectiva e ideativa en el otro y tras ello desconoce todo saber al respecto: en esto reside la verdadera violación”. (ejemplo: Abigail en las brujas de Salem, chica con una gran inocencia; cuando su tío la cuestiona sobre un vestido tirado en el jardín y de haber visto a una chica desnuda bailando en el jardín…).
Ahora regresemos a Cándido, podemos ver que en nuestro personaje, se observa una “renegación” no solo del mal que habita en él mismo, sino de la realidad que le rodea al igual que Pangloss. Ambos personajes viven las más crueles torturas e infortunios y aún con todo lo vivido, no pueden concebir la maldad como  algo tácito, sino quedan aferrados al pensamiento de que todo tiene que pasar, por la llegada del “bien”.
Un acto que llama la atención, y que es una muestra más de su inocencia violenta, es que cuando encuentra “el Dorado”, ese lugar maravilloso que le ofrecía cubrir todas sus necesidades y la oportunidad de una mejor vida, renuncia a ello, se niega a la ayuda que le podían ofrecer.
Se niega también, a establecer todo tipo de vínculo profundo, lo que le impide la oportunidad de inventarse nuevamente (ya que es a través del contacto con el otro, como tenemos la oportunidad de reinventarnos).
Se presenta ante nuestra mirada un sí- mismo simple que solo vive, más no piensa a cerca de lo que vive. No se cuestiona nada. Actúa de manera mecánica dando respuesta a las situaciones vividas, pero nada más.
Siendo fiel a las enseñanzas de Pangloss, quien por otro lado, denota interés por resolver sus dudas existenciales, como: por qué fue creado un animal como el hombre en este mundo, discurrir acerca de las causas y los efectos del mejor de los mundos, del origen del mal, de la naturaleza del alma y de la armonía preestablecida, etc. Mantiene una postura cerrada ante la vida y sus ideas a cerca del “mejor de los mundos” llegan al punto del fanatismo.
Ya que como se había dicho antes, para él las “cosas” todas, tienen un por qué y ese por qué, es el mejor de los motivos, aunque la situación que viva sea el sufrimiento y el dolor. Esta visión cuasi religiosa, señala que en el sufrimiento está la llegada del paraíso.
La postura de Martín, se torna opuesta, pues con todo lo que ha vivido piensa que se vive en el peor de los mundos, pero al no poder hacer nada por cambiar las cosas vive con mayor tranquilidad…
Aquí es donde quiero profundizar en estas dos posturas; si bien en la primera tenemos la ingenuidad del pensamiento positivo y en la otra tenemos las implicaciones trágicas del pensamiento negativo. Lo importante ahora, es saber hacia donde o cómo, dirigirnos dentro y fuera del espacio analítico. Saber de qué lado se está inclinando en la vida, la persona que tenemos en frente  independientemente de su padecimiento, y plantearnos qué sería lo más recomendable: permitir que un paciente tenga una postura positiva ante la tragedia; o bien, que vea toda la oscuridad de la misma y que se permita saber que las cosas pueden venir peores de lo que ya están.
Para esto consideremos primero hasta donde nos han llevado ambas posturas. Actualmente  hay un sinfín de teorías que tienen la “buena intención de ayudar a la gente a encontrar el sentido de vida, dentro de ellas podemos encontrar a las teorías motivacionales. Como sabemos, estas se orientan hacia “la búsqueda de producir cambios en la vida a través de la autoaceptación y renovación de la autoimagen.”
Muestran sus ideas como un camino a la felicidad, pero ¿cuál es esa felicidad que se plantea? ¿Sobre qué está cimentada? ¿En un estándar que lleva al éxito? Y  ¿qué significado tiene el éxito, para estas teorías?
Investigando un poco sobre lo que nos aportan, me encontré con una página curiosa que hablaba sobre la “Teoría del caos”.
Esta es la denominación popular de la rama de las matemáticas y la física que trata ciertos tipos de comportamientos impredecibles de los sistemas dinámicos. La idea central de la Teoría del Caos es simple: en determinados sistemas naturales, pequeños cambios en las condiciones iniciales conducen a enormes discrepancias en los resultados.  Este principio suele llamarse el "Efecto Mariposa".
Hasta este punto, todos podemos estar de acuerdo con tal afirmación, sin embargo al continuar leyendo el artículo, la idea que se proyectaba era que, este “efecto mariposa” el hombre lo puede aplicar a su vida cotidiana para lograr el “éxito”, pero un éxito como sinónimo de saberse con la capacidad económica de poseer cosas. Dentro de lo que se postulaba estaba la idea de que: haciendo cambios simples en los hábitos y en el trabajo,  se puede lograr una vida “feliz”, es decir con dinero.
Cuando terminé el artículo, pensé en la falta de profundidad, con la que se estaba utilizando el concepto de “efecto mariposa”, ya que los cambios simples, no necesariamente nos llevan al éxito –se entienda como se entienda esta palabra- debido a que, depende mucho de los intereses individuales.
Lo importante aquí, es cuestionarnos a cerca de: ¿qué pasa cuando se alienta a una persona, a hacer determinadas acciones para mejorar su vida? Cuando los resultados que se obtengan, no se pueden  garantizar por nadie. ¿Cuál es la lógica que seguimos para decirle a alguien que todo va a salir bien?
Cuando alguien enferma de gravedad –por ejemplo- a veces, se hace casi inaceptable decir frases de “aliento” -que por cierto, tanto nos gustan- como: “no te preocupes, todo va a estar bien, ánimo, al mal tiempo buena cara”, o la frase favorita de Pangloss y Cándido “no hay mal que por bien no venga” etc. Estas frases, de fondo proyectan una gran falta de empatía al sufrimiento del otro, o bien, una negación terrible de la realidad.
Nuestro personaje, que seguía las enseñanzas de su maestro, en todo momento actuó de acuerdo a lo que deseaba. Pero esto no lo eximió de todas sus desgracias. En primer lugar se “atrevió” a aceptar el beso de Conegunda, cosa que lo llevó a sufrir su primer infortunio. Y a pesar de todo lo ocurrido en su vida seguía creyendo en su “idea de amor eterno” y de que lo que le pasaba estaba ligado al destino y que alguna recompensa debía tener al final de tanta pena.
Esto hace evidente, que no siempre podremos obtener “los mejores resultados”, podemos esforzarnos, dar lo mejor en la realización de un trabajo y hacer “lo que nos corresponde” o cuando enfermamos tomar el tratamiento completo etc., pero de lo demás, no tenemos el control. Cuando una persona se aferra a una idea positiva, como en el caso de Cándido, puede llegar a sentirse mayormente frustrado, al punto de la depresión y sin esperanza.
O bien, terminan conformándose con los pobres resultados que arrojan sus insignificantes acciones, por no haber volteado hacia otros campos u oportunidades.
Cándido como vimos, al final se conformó con lo que había. Decide casarse con Conegunda, aferrado a su idea de que así tenía que acontecer, cuando en realidad, en las condiciones que encuentra a Conegunda al final son deplorables y no le inspiraba más que una especie de lastima que se hace implícita en la lectura.
Regresando nuevamente al breve análisis sobre las teorías motivacionales, como la “teoría del caos” que acabo de describir, puedo casi asegurar que están hechas para personas que buscan soluciones fáciles y prácticas a sus problemas, pero que no les interesa profundizar en ellas, sino que desean encontrar soluciones que vengan de afuera y muestran poco interés por el cambio.
Por poner un ejemplo, los trabajadores asalariados, con la idea de que allí tienen todo asegurado, que se encasillan en un lugar o puesto de trabajo, sin tener la necesidad o deseo de moverse de lugar, de activar sus mentes hacia la búsqueda de conocimientos diferentes.
Se apegan a ideas falsas como: “la empresa es tu segunda familia” generando un sentimiento de profundo apego con el lugar donde “trabajan”, al grado que terminan por olvidar a la que sí lo es. Dentro de este rubro, hay quienes cumplen con jornadas absurdas de trabajo, y al final, terminan en un nivel de deshumanización que los hace actuar de manera mecánica y alienada.
Son muchas las ideas que se desprenden de las teorías motivacionales y muchos los autores que hablan sobre el tema. Sin embargo quisiera darle cabida al otro tipo pensamiento, el de “Martín” este hombre posee un tipo de pensamiento “pesimista” que refleja con claridad las ideas de Voltaire, es decir, que no estamos habitando el mejor de los mundos, sino el de los “peores” y como nada se puede hacer al respecto se vive con mayor tranquilidad.
Este es un pensamiento que genera controversia, pues para el contexto en el que se da la obra, las ideas de este personaje eran las más acertadas. Ya que era el único que no negaba la realidad cruel que se estaba desarrollando en la historia, a diferencia de Cándido y Pangloss que le ponían “al mal tiempo buena cara”. Ambos aceptaban todo, con una “esperanza pasiva” de la que E. Fromm (1968) dice: No se espera que ocurra nada en el ahora sino únicamente en el momento siguiente, el día siguiente o el año venidero, y si es bastante absurdo creer que la esperanza  puede realizarse en este mundo, se espera que ocurra en otro (paraíso).
Es evidente entonces, que Cándido y Pangloss esperan pasivamente, ya que aceptaban todo como “la fuerza del destino” que en algún momento los iba a recompensar. Esta mirada al mundo de ambos personajes, que se torna como fanática en el sentido de que para ellos la idea del “mejor de los mundos” era casi una verdad absoluta; me hace pensar en lo que Cioran (1949) hablaba a cerca de este tipo de pensamiento. Pues consideraba que: en sí misma toda idea es neutra o debería serlo, pero el hombre la anima, proyecta en ella sus llamas y sus demencias; impura, transformada en creencia, se inserta en el tiempo, adopta figura de suceso: el paso de la lógica a la epilepsia se ha consumado… así nacen las ideologías, las doctrinas y las farsas sangrientas.
En esta parte Cioran –desde mi punto de vista- devela, a la rigidez de pensamiento dentro de cualquier ideología o doctrina, que ciega al hombre a percibir un mundo de posibilidades, la tendencia del hombre a pertenecer a un tipo de creencia, pues eso le da una “falsa seguridad”, cuando no son más que marionetas de unos cuantos con poder. Es como si el hombre por naturaleza gustara de ser engañado, como si la mentira calmara la ansiedad ante la realidad, y lo lleva así,  a la espera del mañana, porque mañana todo tendrá respuesta a lo que acontece hoy.
Por otro lado nuevamente Cioran (1949) expresa: me basta escuchar a alguien hablar sinceramente de ideal, de porvenir, de filosofía, escucharle decir “nosotros” con una inflexión de seguridad, invocar a los “otros”, sentirse intérprete, para que lo considere mi enemigo. Veo en él, un tirano fallido, casi un verdugo tan odioso como los tiranos y los verdugos de gran clase. Es que toda fe ejerce una forma de terror, tanto más temible cuanto que los “puros” son sus agentes.
Es en esta parte, pareciera que Cioran percibe en aquellos que creen poseer la verdad, matices de una enfermedad perversa, que los lleva a crear todos los medios posibles para convencer a los otros y orientarlos hacia su camino.
Pero hay algo en común, que también es cierto y que podemos observar en quienes se apegan a estos lideres que promulgan la verdad, -como en las religiones por citar un ejemplo- es que son de carácter improductivo (Fromm, 1953) de tipo receptivo, que buscan en el otro soluciones mágicas a las situaciones de la vida, se crean ídolos y dioses, porque ellos mismos no son capaces de enfrentar a la realidad. Son demandantes pues en ellos no existe la posibilidad o la idea de crear, se sienten indefensos ante el mundo, desamparados y sin salida. Lo que hace que el apego a los grupos, sectas, o deidades sea de tal fuerza que su esperanza siga siendo pasiva, el “destino” pues -como lo dice Ciorán- se convierte en su palabra selecta. Pues es su dios quien se encargará de solucionar su existencia.
Es por ello que esta postura del pensamiento negativo, no es que ofrezca una solución ante los acaecimientos de la vida, tampoco da esperanza de nada, es más a la esperanza la repudia.
Más bien lo que propone es una constante supervisión de sí mismo “quien quiera conocer sus síntomas y su gravedad se equivocará en ir a buscarlos lejos, que se observe a sí mismo…” nos dice Cioran. Esto permitirá dejar de caer en la abulia que en sí misma es contagiosa y atractiva, pues aparta al hombre del reto que le representa vivir.
Lo que se propone se encuentra en el movimiento, en la acción, en la rebeldía, en el cinismo de hacer lo que  nadie más haría. Sacar al “loco” del escondite en el que se le ha encerrado.
Apelo entonces a un psicoanálisis que no se encargue de ayudar al otro a que se “adapte” a la realidad de manera alienada, sino a un psicoanálisis que promueva la rebeldía, que incite al verdadero cambio, al encuentro con lo que se ha olvidado del sí mismo. Que genere autocrítica, pero también promueva la creatividad.
Hace unos días en una platica acerca de Heidegger, el Dr. Jorge Juanes (filósofo y crítico de arte), decía algo que inmediatamente capturó mi atención y era que desde el punto de vista fenomenológico, lo que Heidegger planteaba con el ser  y el estar ahí, era que el hombre existe por el simple hecho de estar y de reconocerse en el mundo en cuanto a tal, pero en su opinión, “la existencia es algo que se decide y que se trabaja, somos lo que trabajamos para ser, el ser no existe por ser pasivo sino que  se conoce por la acción”.
A esto yo agregaría,  somos seres en construcción, pero una construcción que siempre está incompleta, que nunca se acaba, porque cuando esta construcción termina, nos alcanza de manera inminente la muerte, aunque el corazón siga latiendo.
En la última parte de la obra de Cándido, el reconocimiento que Voltaire deja ver, es que sólo el trabajo es lo que hace que vivir valga la pena. Sin embargo no plantea una idea de trabajo enajenante, ni de un trabajo que esclavice. Lo que al final se deja ver en la novela es la propuesta de cultivar de crear lo propio para la sobrevivencia.
Hasta aquí, tenemos una idea aproximada al pensamiento negativo, que más que encasillar esta postura en “pesimista”, lo que permite es abrirse a la oportunidad de reconocer el panorama completo de la realidad, aunque ésta sea diferente para cada persona, es ver desde qué punto se va a partir.
El día de hoy no pretendo clasificar a estas reflexiones como puramente existencialistas, ni psicoanalíticas, sino, son reflexiones que invitan a la apertura de pensamiento, invitan a no casarnos con ninguna idea de lo que “se es” en el mundo, el decir “soy psicólog@”, psicoanalista, filósofo, médico, etc. ¿En qué nos define realmente? Lo importante es dar oportunidad de encuentro, no a la fusión, pero sí a la asimilación de qué se plantea en un marco de acción y qué se puede plantear en otro.
Todo con la intención de que como seres humanos y en el espacio analítico, podamos tener la posibilidad de ser creativos, o como lo decía un filósofo amigo G. Algarra (2012) de “atrevernos al eclecticismo”, de tal forma que podamos brindar a la persona que tenemos enfrente ese holding que no solo sea un continente, sino que se convierta en un espacio de creación de ideas, un espacio productivo de trabajo, en donde no se fomente la idealización, ni la dependencia  al terapeuta, sino la igualdad de pensamiento y posibilidad de encuentro con lo que se ha perdido.
Ya que en muchos casos, se pretende que el espacio analítico sea como “el Dorado” este lugar al que Cándido llega y en donde todo es equilibrio, pues se han sobrepasado a las necesidades básicas, analizando esta perspectiva podríamos equiparar la ideología de este  pueblo a la representación mágica de lo que se llama en psicoanálisis un “pecho bueno” (nutricio) que brinda, que es cálido, en el que no se haya nada de maldad. Esto puede ser peligroso, pues también sería sinónimo de estancamiento, inmovilidad, de muerte, una parálisis de pensamiento que no crea porque todo se le está dando.
Para generar se debe tener deseo, y sentir frustración, esto  nos abre la oportunidad de la búsqueda constante.
Para concluir quisiera dejarlos con esta frase de Cioran: existir es sacar provecho de nuestra parte de irrealidad, es vibrar al contacto con el vacío que está en nosotros. El fantoche por su parte, permanece insensible al suyo, lo abandona, lo deja caer…
Permitámonos pues la caída al vacío, y acompañemos al otro en el transcurso.


Bibliografía:
  • Arouet, Francois Marie (1962) “Cándido o el optimismo”. México: Colofón.
  • Christopher, Bollas (1994) “Ser un personaje”. Argentina: Amorrortu.
  • Cioran, M.E. (1949) “Adiós a la filosofía y otros textos”. Madrid: Alianza Editorial.
  • Heidegger, Martin. (1927) “El ser y el tiempo”. México: Fondo de cultura económica.
  • Fromm, Erich (1968) “La revolución de la esperanza”. México: Fondo de cultura económica.
  • http://www.semana.com/vida-moderna/piense-negativo/183808-3.aspx


Martín Heidegger en el Psicoanálisis




¿El ser ante la nada?
Martín Heidegger en el psicoanálisis

Elizabeth Jenny Hernández Ramírez
Mtra. Psicoanálisis.
Agosto, 2012






La angustia es la disposición fundamental que nos coloca ante la nada”
Heidegger, M.

Este trabajo es un acercamiento a la teoría que elabora Heidegger a cerca de la “angustia ante la nada” y la teoría de la “angustia” desde el punto de vista del psicoanálisis Freudiano.
Heidegger enfoca su investigación en el estudio de un solo ser,  a diferencia de Husserl, no se interesaba por los demás entes, ya que para este filósofo solo son cosas útiles, instrumentos de los que el ser  hace uso.
A este ser lo denominó “Dasein”  del que se interesó no solo como un ser estático sino como un ser en el tiempo, que a la vez, es el tiempo.
Temporalidad por lo tanto, es la trascendencia inmanente; y la historia es infinito el trascenderse del ser en su infinito determinarse, y es el trascenderse del Dasein en momentos sucesivos.
La región ontológica  que preocupa a Heidegger es la de la existencia humana. Así el único ser que puede plantearse la pregunta del ser mismo es el Dasein. De esta manera realiza un análisis del ser-ahí (ser en el mundo) y como parte del tiempo y del mundo un ser que está destinado a morir.
Pero,  ¿a qué se refiere Heidegger cuando habla de la angustia del ser? en primer lugar hace una diferencia entre la angustia y el miedo, para él, el miedo se ofrece siempre que haya un objeto que nos asusta, en cambio la angustia es indiferenciada, y cuando nos angustiamos entonces, nos angustiamos ante la nada.
Ante esta angustia el hombre, trata de hacer cosas que distraigan la atención de sí  mismo, que distraigan su atención ante lo inminente que es el ser parte del mundo y por lo tanto ser parte de la muerte.  La mente del hombre se dispersa en la preocupación por las cosas y en las solicitudes de la vida inauténtica y trivial.  Se  “evade”  de la conciencia de su verdadero ser, de la nada que lo acosa, lo asedia y lo constituye.
El hombre tiene miedo de conocer toda la verdad de sí mismo y por ello trata de olvidarse «saliendo fuera», en las cosas y en la vida diaria. Retirarse del . El Dasein busca el rescate del mundo liberándose de la preocupación por esto o aquello.
 Las cosas no atraen: la totalidad del ser está presente, pero en un abismo de indiferencia, en que los seres y los acontecimientos se hallan confundidos: sin méritos y sin atractivos. Enfrentándose a su única realidad a la realidad de la angustia ante la nada.
Pero ¿qué significa “la nada” para Heidegger? En realidad es complicada la explicación, pero se presenta, ante el saber, que el ser está en el mundo, ocupando solamente un lugar en el tiempo, pero en realidad no es nada, ni debe esperar nada, porque desde el principio de la vida y hasta el final está destinado a la muerte.
En este sentido podría asemejarse un poco a lo que Freud afirmaba sobre la angustia. Haciendo un extracto de su teoría sobre la angustia, podemos afirmar que para Freud la angustia es propia del Yo, existen también tres clases de angustia, la real (que para Heidegger es el miedo), la neurótica y la de la conciencia moral, que son referidas a las tres dependencias psíquicas el yo, el ello y el superyo, respectivamente. La función de la angustia entonces pasa como “señal anunciadora de una situación peligrosa” y que provoca la represión (es decir el no actuar).
Para Heidegger podemos ver que el peligro podría consistir el enfrentarse a la muerte y la represión se representaría en la caída, es decir, en ocuparse de las cosas mundanas sin hacer caso a la nada, a la idea de muerte.
Freud en cambio afirma: “todas las condiciones de angustia, repiten en el fondo la situación de la primitiva angustia del nacimiento, el cual significaba también una separación de la madre. El peligro de desamparo psíquico concuerda con el estadio de la falta de madurez del yo; el peligro de la perdida de objeto (o perdida de amor) concuerda con la falta de autosuficiencia de los primeros años infantiles; el peligro de la castración concuerda con la fase fálica; y por último, el miedo al superyo concuerda con la época de latencia".
Freud se pregunta reiteradamente ¿qué es realmente lo peligroso? y responde con su hipótesis del factor traumático: "Lo temido, el objeto de la angustia, es cada vez la aparición de un instante traumático que no puede ser tratado según las normas del principio del placer" (con este instante traumático Freud se refiere, a los instantes en los que el niño siente la pérdida del objeto de amor y de deseo, es decir, el objeto-madre [fort-da]).
Regresando a la pregunta anterior, de ¿qué es para Heidegger la nada? podría afirmar que desde el punto de vista psicoanalítico, “la nada” representa al “desamparo” del ser ante el mundo, ante sí mismo. Así los entes que se presentan ante los ojos no son más que otros seres que son parte del tiempo y ocupan un espacio en el mundo.
Este sentimiento de desamparo podría presentarse por saberse con “la libertad de elección” que desde Sartre podemos entender como la capacidad para elegir las cosas del mundo. Pero entonces, podríamos decir que, así como lo afirma Heidegger ¿el ser se angustia ante la nada? O bien, ¿se angustia ante la posibilidad de todo?, parece que se angustia ante lo consabido, que es la “muerte” como parte de la vida misma.
Si para él desde que nacemos la idea de muerte está presente, confirma el factor traumático de desamparo en el mundo que implica una pérdida constante del objeto, descrito por Freud.  “al nacer se inicia realmente el proceso de muerte”.
"Lo esencial en el nacimiento como en toda situación de peligro, es que provoca en la vida anímica un estado de gran excitación, que es sentido como displacer y que el sujeto no puede dominar con su descarga".
Pero paradójicamente, el hombre conquista su propio ser en la angustia, donde halla de nuevo su autenticidad. Así como el deseo es el correspondiente emocional de la caída, la angustia es el sentimiento de la redención.
La angustia rescata al hombre del mundo, es la recuperación de la existencia, de la libertad original o del sentido originario.
Para huir de la angustia reveladora de la nada, se cae en la mundanidad; y para rescatarse de la dispersión, se entra en la conciencia del sí mismo.
Con la angustia el dasein volatiliza las cosas, capta el sentido infinito de sus posibilidades, la esencia de su existencia. La angustia inmoviliza la palabra, da un sentido incomparable de totalidad. El universo retrocede ante ella y se revela inestable, suspendido.  Convierte al mundo de los instrumentos en “útiles”.
En la angustia, las cosas del mundo pierden, de pronto, su importancia: el hombre no se preocupa ya de ellas. Todas las preguntas que antes le preocupaban (¿por qué esta cosa y no otra?, ¿por qué tengo que perseguir un fin antes que otro?, ¿por qué no hay algo y  no nada?) ya no le interesan.
¿Se puede decir que el ser no se encuentra ante la nada, sino que es en sí  la nada? La angustia revela al ser y revela su nada como autenticidad de su existencia.
Es entonces a través de la nada que el ser puede tener un encuentro consigo  mismo. Lo rescata de la trivialidad de la vida mundana, le hace hallar su propio destino, el propio, el de todos y el de la existencia. Este vértigo del vacío, este hundirse del ser en la nada es la angustia liberadora y que da la autenticidad. No es pues que la angustia desaparezca lo que existe; lo que existe es como antes. Pero, en la angustia, lo que existe ya no interesa. Las cosas existentes siguen siendo las mismas, pero para el ser se hunden en la insignificancia. Es decir todas las cosas son como antes.
La angustia revela la originaria libertad del ser y el sentido originario de la temporalidad. Para Heidegger, la temporalidad es esencial para el ser: como ya se había mencionado: el ser es el tiempo. Pero el tiempo originario es distinto del tiempo mundanizado de la vida trivial, que es la sucesión de pasado, presente y futuro, tres momentos, cada uno independiente del otro. El tiempo originario, en cambio, es la compenetración de pasado, presente y futuro: el Dasein anticipa en el “presente” sus propias posibilidades ulteriores y por eso, en cierto modo se convierte en el futuro y en el pasado.
El tiempo es infinito en el sentido de que nunca tendrá fin, pero en sí mismo es finitud. El futuro, presente en todo presente, después de que acompaña a cada ahora, indica que el presente es incompleto, inconsistente: revela la esencia de la existencia y del tiempo, que es la de no bastarse a sí mismo, la de ser trascendencia y finitud.
La remisión, propia de la historia, es el valor de la historia: la historia, como devenir, es sucesión de acontecimientos.
Cuando, con la angustia, volvemos, desde las cosas, a entrar en nosotros mismos, ya no tenemos el sentido del tiempo que nos remite al infinito, sino el sentido del tiempo originario, en el que captamos la autenticidad de la existencia. Como temporalidad, nuestra existencia, dispersada por la “cura” (el cuidado), pasa de una cosa a otra, se concentra en el presente, cargado del pasado y del futuro anticipado por sus intereses actuales, es decir es una situación que va hacia un “proyecto”; como tiempo originario, se concentra en el futuro, se proyecta hacia adelante y descubre su inconsistencia, su ser para la nada y para la muerte.
El pasado también está presente en el futuro: la muerte ratifica el nacimiento, la condena inicial de la situación. En el tiempo originario el hombre define su destino (en otras palabras, como Freud lo decía: “infancia es destino”).
La voz de la conciencia le dice que lo acepte: el hombre que la escucha hace del destino su voluntad. La voluntad, frente al destino, no puede sino aceptarlo o sufrirlo. Cada Dasein está colocado en un horizonte de “poder ser”, en un destino cerrado: la vida es el desarrollarse de una Necesidad.
Esta postura converge con uno de los más importantes descubrimientos de Freud: el “inconsciente”, y lo describe como “la instancia psíquica construida por los contenidos reprimidos, a los que ha sido rehusado el acceso al sistema preconsciente-consciente por la acción de la represión”. (laplanche y Pontalis, 1986). A través de la descripción de esta instancia, llega a la conclusión de que el comportamiento del ser humano y su toma de decisiones están ya determinados por procesos inconscientes. Desarrollando el concepto de “determinismo psíquico”, que parte de la idea de que todo fenómeno psíquico tiene una causa y, por lo mismo, también la libre elección o decisión humana, en las que la causa es la fuerza del motivo más potente, o bien la situación interna psicológica determinada por todos los condicionamientos procedentes de la herencia, la biología, la educación, el temperamento y el carácter de la persona que decide o el inconsciente.
Freud inicia su concepción teórica suponiendo que no hay ninguna discontinuidad en la vida mental; afirma que nada sucedía al azar; ni aun en el menor de los procesos mentales. Hay una causa para cada pensamiento.
Para el psicoanálisis, lo que se oculta está determinado por causas múltiples y su tarea consiste en conocerlas, el acercamiento a eso desconocido que es de “material incosciente” genera angustia y a su vez, se vuelve inconciliable para el Yo, por lo tanto, entra en acción el mecanismo de represión a nivel secundario (Pcs-cs)  y a nivel primario (en los sueños) interviene el mecanismo de censura.
Finalmente pareciera que para ambos autores la angustia aparece ante la presencia de lo desconocido para la consciencia, porque si bien Heidegger afirma que la idea de muerte es la única verdad a la que se puede acceder y que no existe otra certeza en el mundo de los fenómenos, implícitamente podemos pensar que la muerte entonces, es aquella vieja amiga a la que se reprime en las profundidades del inconsciente.  La conocemos, pero al mismo tiempo cuando  nos damos cuenta de su presencia inminente, tratamos de engañar a nuestros sentidos, pero la angustia que aparentemente es ante la nada, da cuenta de que existe, y no como un fenómeno separado del ser o del Yo, sino como parte del fluir de la vida misma.
Al final el Dasein o para Freud el Yo, es vida, es  muerte… como lo menciona Cioran en Adiós a la Filosofía y otros textos (1949) “todo converge hacia nosotros, pues todo parte de nosotros”.




















Bibliografía:
  • Cioran, M.E. (1949) “Adiós a la filosofía y otros textos”. Madrid: Alianza Editorial.
  • Freud, Sigmund. (1899). “Primeras publicaciones psicoanalíticas”  Argentina: Amorrortu editores.
  • ______________ . (1925). “Inhibición, síntoma y angustia”. Argentina: Amorrortu editores.
  • Heidegger, Martin. (1927) “El ser y el tiempo”. México: Fondo de cultura económica.
  • Laplanche J. y Pontalis J.B. (1983) “Diccionario de psicoanálisis”. Barcelona: Editorial LABOR.
  • Xirau, Ramón. (1964) “Introducción a la Historia de la filosofía”.  México: Imprenta Universitaria de México (UNAM).